El suicidio, tema tabú

Los datos hablan por sí solos. Después de Asturias, Galicia es la segunda comunidad autónoma con mayor tasa de suicidios de España, y la quinta en el número absoluto de muertes por esta causa. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), y con fecha anterior a la pandemia, en 2019 se suicidaron en España 3.671 personas. En 2020 y en Galicia, 307 personas: 220 hombres y 87 mujeres. Aunque es cierto que la concienciación alrededor de las problemáticas vinculadas con la salud mental en general (10 de octubre, día mundial de la Salud Mental), y la depresión en particular (13 de enero, día mundial de la Lucha contra La Depresión), va en aumento (en gran medida a través de las redes e Internet), en la mayor parte de ámbitos sociales, así como en medios de comunicación tradicionales, la lacra del suicidio sigue sin tratarse todo lo que se debería.

Es un proceso recurrente. Sucede que un personaje, conocido por la mayoría de esa sociedad a la que pertenece, decide acabar con su vida para que inmediatamente salga a relucir el tema (como con la noticia del fallecimiento de la actriz española Verónica Forqué). Es algo natural, surgen un montón de preguntas intentando dilucidar, aclarar un hecho contrario al instinto de supervivencia y muchas veces sin causas aparentes como pueden ser las económicas, sucesos traumáticos, afectivos o emocionales, o inclusive, datos aparentemente contradictorios como pueden ser el poseer una buena posición social y/o económica, con buenas relaciones humanas y familiares. Pasados unos días a partir del suceso, nos olvidamos del asunto en cuestión hasta que otro caso nos lo vuelva recordar. Lo cierto es que el número de fallecidos, lejos de menguar va en aumento.

Cuando se pretende concretar su etiología, sus causas, hay que dejar constancia de las limitaciones de las que se parte, es un breve artículo, y no se entra a considerar datos como los del Instituto Nacional de Estadística. Únicamente se trata de aportar la experiencia de una práctica privada en el ámbito de la psicoterapia, de más de cuarenta y cinco años, con la correspondiente formación e información bibliográfica.

Cuando tras ocurrido el suceso luctuoso, surgen los primeros comentarios dilucidatorios pretendiendo determinar las circunstancias por las que estaba pasando el sujeto, aparecen las palabras, transformadas en una inicial sintomatología que refiera el estado psicológico por el que estaba pasando: en la mayoría de casos, por no decir todos, se dice que estaba siendo víctima de un sufrimiento psíquico muy fuerte, o que el estado de ánimo era muy bajo. También un abatimiento muy grande, y sus fuerzas como para sostener el cuerpo muy limitadas, por lo que, generalmente, lo único apetecible era estar tumbada/o encima de la cama. Otros síntomas que suelen ir vinculados son la tristeza y la culpabilidad; una tristeza que hace ver la vida con negrura y nulas perspectivas, y, por si esto fuera poco, arrastrando con la responsabilidad de ser él/ella mismo/a, el/la culpable de lo que le está pasando, por lo que no ve la luz al final del túnel.

Tristeza.
Tristeza.

Entonces ahora, la siguiente pregunta sería, ¿en dónde está la causa para haberse producido toda esa sintomatología anterior? Por este motivo tenemos que remontarnos a la conformación de las primeras etapas de nuestro psiquismo. Ya se convirtió en machón* el decir que las bases de nuestra psicología y que, por otra parte, nos van a definir, quedaron constituidas antes de los cinco años. Entre la segunda mitad del primer año y durante el segundo año, se constituye la fase que su descubridora, Melanie Klein, denominó “la posición depresiva”*, y que su discípula más aventajada, Hanna Segal, desarrollaría extraordinariamente de un modo pedagógico. Como todo esto es un tema difícil para quien no está familiarizado, remitimos a las lectoras y lectores a las lecciones introductorias a la obra completa de M. Klein, a cargo de Hanna Segal. Aquí expondremos en breves ideas, la constitución del proceso mental que da soporte a esa anterior sintomatología referida.

A partir de los seis meses el bebé ya identifica el rostro de la madre, pero todavía no tiene la sensación de ser una entidad separa de esta; está inmerso en el proceso de conocer, ordenar y organizar sus percepciones, vivencias y emociones a ella asociadas, vinculadas fundamentalmente a la función de la alimentación. Con ello irá organizando y distinguiendo experiencias agradables y satisfactorias de otras desagradables, como el hambre y las molestias intestinales entre otras. Con la alimentación también se dan los primeros pasos en la diferenciación del mundo interior y el exterior, y, asociado a ese mundo interior, sus primeras representaciones del mismo. A partir de aquí, va a desarrollar unos mecanismos psicológicos como son la escisión, la proyección y la introyección*, que no tienen otra misión que ayudarle a manejar mentalmente las experiencias y vivencias, así como a separar las buenas de las malas.

Pero llega un momento en que las cosas se complican. A partir de una maduración integrativa, el bebé ya reconoce a su madre como un objeto total, ya no es el rostro solamente, se relaciona no solo con el pecho, el rostro, las manos, sino con la madre como persona total, completa, y descubre las experiencias agradables y desagradables como procedentes del mismo lugar, su madre, merced a una mayor madurez. Al tiempo, se percatará de la dependencia con la misma, a quien vinculá igualmente, los estados satisfactorios como los no satisfactorios: esto le lleva a hacer el descubrimiento de que tanto unas experiencias como otras, tienen su origen en la misma persona, que es a la vez fuente de lo bueno y de lo malo.

Una madre y su bebé.
Una madre y su bebé.

La maduración del sistema nervioso central le permite una mayor organización de vivencias y sensaciones. Ahora puede recordar gratificaciones y frustraciones anteriores. Aparecen los conflictos vinculados con la ambivalencia emocional hacia su madre, en quien proyectará su amor cuando se siente gratificado pero también su odio cuando experimenta frustración, que le desencadenará una gran ansiedad, siendo la causa de ésta, el temor de que sus impulsos destructivos puedan arruinar el objeto amado de quien depende (aquí está el origen del sentimiento de culpa y de pena).

En esta posición depresiva, como la construcción mental interna a base de imágenes ya está más madura, desarrolla más hábilmente los procesos de introyección por los cuales aumenta su necesidad de proteger, poseer y amparar este objeto (la madre), de guardarlo dentro de sí, justo para defenderse de la ansiedad de ser él mismo el destructor de su mundo interno: habiendo tenido a niñas y niños en terapia pasando por estos procesos, se puede dar fe de su horroroso sufrimiento.

Cuando el bebé va superando felizmente estas fases, ayudándose de representaciones mentales externas, a través de los juegos, es capaz de conservar la imagen de la madre como base de su mundo interno. Pero si, por el contrario, siente la típica culpa por el sentimiento de haber perdido el objeto bueno (representado por su madre), su mundo interno mental lo sentirá destruido, y ello lo vivenciará en forma de tristeza por la pérdida, así como la culpa consiguiente, quedando como un poso de amargura en su desarrollo y más tarde o más temprano harán acto de presencia en la consciencia, con unos posibles resultados funestos.

Niño jugando.
Niño jugando.

Ahora, alguien se preguntará: “¿en dónde está la causa de que algunos bebés superen felizmente esa fase y otros no?”. Todo se resume en la atención y cuidados: si durante esa etapa el bebé no pasa por experiencias negativas de abandono o falta de cuidados, propiciando que las experiencias positivas predominen, con mucho, sobre las negativas, el paso por dicha fase será satisfactorio. De lo contrario, siempre queda el remedio de la psicoterapia.

*Posición depresiva: es una constelación mental que Klein define como esencial en el desarrollo de una niña o niño y que normalmente se experimenta por primera vez alrededor de la mitad del primer año de vida.
*Machón: pilar.
*Introyección: en el psicoanálisis, proceso inconsciente por el cual un sujeto incorpora actitudes, ideas, creencias, etcétera, de un individuo o grupo de individuos, previa identificación con ellos.

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