El miedo

Uno de los motivos frecuentes de consulta es el miedo. Otras personas para referirse a esa misma emoción emplean la palabra temor.

¿En qué consiste ese sentimiento que puede llegar a ser tan intenso (entonces se convierte en emoción) como para llegar a ser un bloqueo total? Muchas veces la persona que se siente afectada por un ataque de estas características le tiene más pavor a los síntomas orgánicos que lo acompañan que al propio objeto o causa de los mismos, causa
(frecuentemente diría) que puede muy bien no saberse cuál es; dichos síntomas suelen ser un ritmo cardíaco cada vez más acelerado, con fuertes palpitaciones y que asustan mucho, acompañadas de una respiración entrecortada, dificultosa.

Estos síntomas orgánicos anteriores provocan tal pavor que después obligan a la persona que los sufre a estar a la expectativa, es lo que se llama temor al temor, llegando a bloquear la capacidad de discernimiento, perdiendo el control de sí, interpretándolos “como una sensación de sentirse morir”: toda esta sintomatología acaba convirtiéndose, como se decía en “miedo a sentir el miedo.”

Miedo

El objeto que desencadena la reacción inicial muchas veces no está claro o se desconoce por completo. Por otra parte, al no poder hacer libre uso de las facultades, no se dispone de las herramientas para hacerle frente, lo que lleva a la persona urgentemente a pedir ayuda para sacarse de encima esa sensación tan molesta. Si el objeto o causa de tal temor es conocido, el abordaje del trabajo terapéutico ya es más asequible inicialmente, ya “conocemos” el camino por el que hay que tirar. El problema es cuando se desconoce el objeto, y la persona no sabe dar la más mínima referencia del mismo: habrá que tantear, mejor dicho sondear, porque la persona desconoce las raíces de dichos temores y creemos que suelen estar alejadas de la conciencia, lo que acostumbramos a llamar el inconsciente.

Esta palabra, inconsciente, puede dar lugar a equívocos: podemos representárnoslo como un pozo muy hondo, o también imaginarnos las zonas abisales del océano. No hay que afondar tanto: bastaría un poco más de conciencia para descubrir las contradicciones de nuestros “proyectos vitales” y ver las jugarretas de nuestra mente para ocultar lo que nos podría preocupar.

Angustia

En realidad, la concepción que tenemos formada de la vida, eso que llamábamos “proyecto vital,” se suele fundamentar en unas ideas generales que, como vigas maestras, sostienen el esquema mental que nos hemos creado de la vida y en el que nos apoyamos para encontrarle sentido. Pero cuando en esas ideas generales hay contradicciones, el pensamiento trata de escapar para no hacer el análisis, buscando la evasión. Pero la conciencia está emitiendo señales en forma de cierta intranquilidad, cierta angustia, advirtiendo de que “algo” no debe estar bien del todo.

Ante esta situación caben dos respuestas: una, intentar dar con el origen de esa desazón, de esa inquietud, o, por el contrario (sería la segunda respuesta) evadirse, aduciendo que el sistema de alarma, la lucecita roja de la conciencia salta por menos de nada, como el automático de la luz: en este caso, sólo resta una medida a tomar y es el buscarse alguna actividad evasiva que nos haga olvidad esa alarma, maniobra en la que nuestro pensamiento es experto.

Y así va transcurriendo la vida con dos posibles soluciones: una, nos pasamos los días y años huyendo de esa alarma en forma de angustia a base de entretenimientos que nos conducirán a una vida empobrecida y poco realizada. Otra solución se produce cuando estalla la auténtica crisis como una llamada de atención, con ese miedo terrorífico, con ese pavor que nos lleva urgentemente a buscar un psicoterapeuta para que ponga una solución.

¿Dónde está la solución? En un mal funcionamiento de nuestro aparato mental: en un momento determinado de nuestro proceso evolutivo como especie, el pensamiento se desdobló, se volvió reflexivo, por el que desde ese momento creemos estarnos viendo: ya hemos construido una imagen de nosotros, ahora sólo falta protegerla y adornarla. Pongamos un ejemplo. Cuando una persona en crisis le está contando al terapeuta esa vivencia horrible suele decir: “me vi morir.” Esto es, hay dos personas; la que está contando al terapeuta lo que le pasó a la otra persona y, la otra persona, el otro yo que está padeciendo la crisis. Esta es una forma de separarse de lo que no nos gusta.

Dualidad
Dualidad

El trabajo terapéutico consistirá en desarbolar esa estrategia del pensamiento por la que crea dos identidades de sí mismo, lo que se conoce con el nombre de dualidad. En el momento en que la maniobra defensiva no sirva para proyectar fuera de sí ese miedo, cuando vea que el miedo y la persona son una y la misma cosa, en ese momento despertará la conciencia y, lo que se interpretaba como miedo cobra otra vivencia, es otra realidad distinta. El miedo era la defensa que utilizaba el pensamiento como reacción ante lo que nos iba a descubrir la conciencia.

Depresión

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