La Psicoterapia y la Política

La Psicoterapia es una ciencia y también un arte que nos enseña, nos introduce en la observación de nuestros pensamientos, sensaciones y emociones en el momento en que se producen, con la intención de percatarnos, hacernos conscientes de ellos, así como de los móviles o intenciones que se esconden detrás de su constitución, lo que nos obliga a estar en constante percepción alerta, en el aquí y ahora para poder captar su génesis.

Con ello lograremos una autenticidad en nuestra actividad mental, una sinceridad con nuestra propia persona, por lo que estaríamos incapacitados para engañar a los demás, y, sobre todo, engañarnos a nosotros mismos.

Esta sería una definición de andar por casa, sin pretensión científica alguna y dejando al margen todo el campo de los trastornos psicológicos. Solamente para contrastarlo con el mundo de la política.

Si observamos este mundo, el de la vida política, vemos que el principio de la autenticidad personal cede y está supeditado a las ideas, a la ideología que da sustento a la acción de los diferentes partidos. En consecuencia, la falsedad y la mentira están a la orden del día. No tenemos más que ver las noticias políticas de nuestro país: casi todas tienen que ver con los juzgados, bien sea por corrupción, prevaricación, malversación, etcétera.

Incluso, algunos partidos, en sus estatutos y normas de funcionamiento interno tienen consolidadas unas formas de actuación que están condicionadas por un proceder carente de transparencia democrática, como es el caso de la designación de sus cargos de forma “digital”. Esto anterior es una forma de someter y corromper a los nuevos cachorros que se van incorporando a los cargos públicos bajo la amenaza de guardar silencio si no quieren ser destituidos y perder así la ocasión de hacer carrera política, con lo que las espaldas de sus dirigentes están a cubierto.

Este modo de proceder tiene su escuela. Era lo que hacía la Gestapo para comprobar la fidelidad de sus nuevos miembros: los obligaba a cometer actos macabros ante ellos por lo que ya estaban implicados y, por tanto obligados al silencio. Los jóvenes cargos del partido político probablemente desearían distanciarse de la imagen y proceder de sus mayores pero lo tienen difícil porque están “atados”.

Con estos mimbres, ¿qué probabilidad hay de que se regenere la política, para poder llegar a ser una actividad noble, sincera y coherente con la vida personal de quien se dedica a ella?

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