La frustración

Ésta es la palabra clave para detectar cuándo algo anda mal en la vida de una persona: es como el termómetro de la mente de un sujeto; así como el médico, cuando el paciente le manifiesta encontrarse mal, lo primero que hace es comprobar la temperatura corporal, la reacción de la frustración es la “señal”, la fiebre de la vida mental.

¿Qué es la frustración? ¿Cuándo se dice que hay frustración? Cuando los hechos, los sucesos de la vida a mi alrededor están en disconformidad con mis deseos, con la idea que me he formado acerca de esos mismos acontecimientos: “si esto no hubiera sucedido así…”; “si algo puede empeorar…”, “esta vida es un puto asco…”; etcétera.

La siguiente pregunta que se formulará el sujeto si está consultando al especialista, ya va directa a la solución: -“entonces qué hay que hacer para no tener, para no sentir frustración?”. Se está saltando el proceso de análisis de su vida, de sus funciones mentales equivocadas. Es algo tan importante como el mirar hacia adentro a través de unos procesos reflexivos: esta impaciencia es la causa de muchos fracasos en la psicoterapia.

Y como se va buscando la solución rápida, dichos procesos mentales equivocados no interesan, así que la siguiente pregunta iría buscando información acerca del estado libre de frustración: -“¿Cómo sería entonces ese vivir sin frustración? -¿Existe? -¿Cómo lo conseguiré?”

Si no hay frustración quiere decir que no hay desacuerdo entre los hechos, los sucesos y los deseos personales en torno a la vida, que discurre plácidamente como un río. En este caso los hechos no le condicionan y, si es así, se refiere al hecho de vivir con un sentimiento de libertad, aceptación de los hechos tal como se están produciendo: “-por otro lado (se puede pensar), si no estuviera de acuerdo, ¿qué podría hacer si los acontecimientos no dependen de mí, si no tengo poder alguno sobre ellos?”.

Asociado a este sentimiento está otro, el de gozar de un equilibrio, de una paz porque los hechos de la vida no le producen desacuerdo, tensiones. Esto anterior implica que tampoco tiene necesidades, deseos, impulsos. En todo caso, esto no es un estado teórico (que no aparezcan deseos), solamente significa que está sometido a la racionalidad y si ésta le indica que dicho deseo está fuera de su control, de su competencia, sencillamente no se hace cargo de él: “-me gustaría que mañana no lloviese porque tengo programada una excursión”. -¿Depende de mí la meteorología? -¿Puedo controlar el tiempo? ¿Entonces, cómo planteo un deseo sobre el mismo?

Una vez que el supuesto sujeto se ha informado sobre cuál sería el estado sin frustración, puede estar interesado en recorrer el proceso hasta llegar a tal vivencia. En este caso, puede preguntar: -”¿Cómo puedo conseguir esa libertad sin condicionamientos que se derivan de alcanzar dicho estado?

– Aprendiendo a vivir.

– ¿En qué consiste el “saber vivir”?

– En aplicar en todo momento la racionalidad, esto es, “el darse cuenta”.

– ¿De qué?

– De todo impulso o deseo que se origine en tu interior y, por lo tanto, que depende de ti, de tu control, lo que supone en todo momento ser consciente de la actividad mental.

La frustración

Por otra parte, todo lo que no depende de la racionalidad, que no está bajo su determinación, no tiene nada que ver con el sujeto, aunque le afecten las consecuencias que se deriven del mismo: no se puede hacer nada, no depende de la voluntad del sujeto, se deja correr: todo esto es externo al sujeto, entendiendo por tal lo que lo define en su esencia, la racionalidad.

Todo esto anterior puede parecer fácil, pero a la hora de la verdad, no es muy sencillo distinguir muchas veces si un hecho depende o no de nuestro discernimiento. Pongamos un caso, lo que nos es más próximo, nuestro cuerpo, con el cual equivocadamente nos identificamos: resulta que si una persona se encuentra mal y va al médico, quien, después de los pertinentes análisis le comunica el diagnóstico de un cáncer. Se nos dirá “cómo voy aceptarlo, cómo no voy a estar frustrado”: ya está hecha la separación entre los hechos y los deseos. ¿Depende el propio cuerpo de uno mismo con el cual, equivocadamente, estoy identificado, de mi voluntad? Pues no. Puedo cuidarlo, llevando una vida y alimentación sanas, pero ello no impide que pueda aparecer un tumor, un cáncer o una de las popularmente conocidas como enfermedades raras: el cuerpo no es más que un medio de locomoción (como es un coche), y yo me encuentro dentro; puedo cuidarlo mucho para que no falle, pero sigo sin tener el control total, puede aparecer un pinchazo, un golpe, etcétera.

Estas dificultades pueden darse en otros ámbitos no tan próximos, pero sí muy cercanos como es la familia: ¿depende ésta de la racionalidad? Tampoco. Si el marido/mujer se marcha, los/las hijos/hijas se introducen en el mundo de la droga, etcétera. ¿Se puede hacer algo cuando el deseo de ellos/ellas va por otro lado? Esta forma de pensar  supone una revisión más profunda de lo que aparenta y es inevitable si queremos superar nuestras frustraciones.

La frustración
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